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Mostar, la ciudad que sobrevivió al infierno y muestra sus heridas al mundo

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Fue uno de los símbolos de la disolución de Yugoslavia. Padeció los enfrentamientos de serbios y croatas. Y se desangró: su población murió o debió huir. El puente de la esperanza y la división

Mostar, desde el lado musulmán. La historia de la ciudad cambió por completo a partir de la guerra (Ignacio Ezequiel Hutin)

Los años en Bosnia Herzegovina deberían contarse AG y DG: Antes y Después de la Guerra. AG Mostar era una ciudad multiétnica, con bosnios musulmanes y croatas católicos mayoritariamente, pero también con algunos serbios cristianos ortodoxos. Todos ellos convivían bajo la misma bandera y la misma estrella roja de la Yugoslavia socialista.

Tener el mismo pasaporte significaba ser un mismo pueblo, una misma ciudad con culturas hermanas en donde las diferencias religiosas o lingüísticas no eran más que una simple curiosidad. Los niños entonces compartían aulas, los dos equipos de fútbol locales utilizaban el mismo estadio y el río Neretva no era más que un bonito cauce que atravesaba las montañas hasta llegar al mar Adriático. DG todo es distinto.

El mítico punte de Mostar (Ignacio Ezequiel Hutin)

Ahora transcurre el año 22 DG y turistas de todos los rincones recorren las estrechas callejuelas del barrio antiguo. Esquivan numerosos puestos de recuerdos, tiendas, pequeños restaurants con menús en inglés e italiano y precios en euros, y se dirigen al epicentro de todas las miradas. El viejo puente dibuja un arco de 29 metros de largo y a veces el reflejo en el agua lo convierte en un círculo completo.

Pese a su belleza, no resulta particularmente conveniente de cruzar. Tiene escalones resbaladizos que ascienden hasta el pináculo central y luego descienden abruptamente incomodando a los turistas mayores que arrastran consigo casi tantas cámaras como protector solar. Para atravesar el estrecho pasaje hay que armarse de paciencia y avanzar lentamente en fila, detenerse a sacar fotos y disfrutar del paisaje. No hay alternativa.

Las marcas de la guerra entre serbios y croatas pueden verse 22 años después de terminada la guerra (Ignacio Ezequiel Hutin)

Es un sitio muy popular, quizás el más popular de todo el país. Y es tan importante que hasta la ciudad le debe su nombre: en muchos idiomas eslavos most significa puente. Los turistas no se alejan demasiado de esa zona, pocos ven las casas aún destruidas, las ruinas, el edificio abandonado de un banco donde se apostaron francotiradores durante la guerra. Ninguno nota la herencia del conflicto o las diferencias entre los dos lados del río.

Mostar está al oeste de Bosnia Herzegovina, en una región muy calurosa y seca que suele recibir con alivio el refrescante viento del Adriático. El mar se encuentra a apenas 60 kilómetros y la frontera con Croacia, a unos 40. No es casualidad entonces que la cultura croata sea tan importante en esta zona. De los 100 mil habitantes de la ciudad, los croatas representan cerca del 50% de la población, mientras que los musulmanes son algo menos del 45%. Pero esta división no solía ser un problema, especialmente considerando que durante siglos ambos pueblos formaban parte del mismo país, ya fuera Yugoslavia, o los Imperios Austrohúngaro u Otomano. Fueron justamente los otomanos quienes construyeron el puente sin mayores pretensiones que las de cruzar el río. No advirtieron que su obra se convertiría en símbolo.

(Ignacio Ezequiel Hutin)

(Ignacio Ezequiel Hutin)

(Ignacio Ezequiel Hutin)

Halid es musulmán y bosnio, o mejor dicho bosníaco. Tiene 45 años y una panza redonda que evidencia muchas noches de risas con cerveza. A él, como a todos en su ciudad, la guerra le cambió la vida. En aquella primavera de 1992, mientras Yugoslavia se desmoronaba y nuevas naciones declaraban su independencia, descubrió rápidamente que muchos de sus vecinos eran ahora sus enemigos, que ser bosníaco era un crimen y que incluso su nombre, evidentemente islámico, podría traerle problemas.

Una oscura y fresca noche de mayo golpearon a su puerta. Allí había un joven soldado croata que llegaba con la orden de detenerlo, pero decidió no hacerlo. Halid había sido su compañero de escuela y el joven no tuvo la sangre fría para entregarlo. Al otro día el hombre que hoy bebe cerveza distraídamente huyó a Suecia, en donde pasaría la siguiente década.

En este edificio abandonado de un banco se apostaban francotiradores durante la guerra (Ignacio Ezequiel Hutin)

No todos los musulmanes tuvieron la misma suerte y no todos los croatas tuvieron el mismo corazón. Bosnia Herzegovina es el país que más sufrió la guerra en los Balcanes en los tempranos años 90, no sólo porque era la república más pobre de Yugoslavia, sino también porque había quedado en medio de los dos ejércitos más fuertes de la región. Serbia atacó desde el este y, a los pocos meses, Croacia desde el oeste: Bosnia debía ser dividida. La guerra trajo consigo los 1400 días de sitio en Sarajevo, las masacres en Srebrenica o Visegrad, los asesinatos de niños, las violaciones masivas, el genocidio.

Muchos, como Halid, huyeron del país. Algunos nunca volvieron. Otros tantos murieron por tener un apellido “equivocado”, una familia “equivocada” o un pie del lado “equivocado” de esa extraña frontera que no terminaba de definirse. Para cuando terminó la guerra en 1995 habían muerto al menos cien mil personas. Más del 80% de los civiles asesinados eran bosníaco.

El viejo puente no es viejo. En 1993 las fuerzas croatas tiraron abajo el puente medieval de Mostar destruyendo el símbolo de una unión histórica, de una hermandad que parecía perenne. La antigua construcción había sobrevolado el Neretva por casi 430 años, y sus restos tardaron apenas segundos en estrellarse pesadamente contra las aguas del río. En la montaña desde donde dispararon al puente, los croatas levantaron entonces una enorme cruz como si marcaran territorio, como si dijeran que esta tierra es de los cristianos y de nadie más. Recién en 2004 numerosas organizaciones, la UNESCO entre ellas, ayudaron a reconstruir el puente y la respuesta local fue unánime: harían que este durara más que el anterior.

El lado croata de Mostar (Ignacio Ezequiel Hutin)

Y el puente sigue ahí, con todos sus turistas y cámaras. Pero hoy el río es una frontera que separa etnias y potencia rencores. Al oeste viven los croatas católicos, con su propio equipo de fútbol, su propio estadio, su universidad donde se estudia en su idioma, sus hospitales, sus negocios, sus escuelas, sus iglesias, su propio estilo de vida y sus banderas con cuadros rojos y blancos.

En la orilla oriental la ciudad es distinta, las instituciones son otras, al igual que el lenguaje, la religión y los símbolos. También cambian servicios básicos como el postal, las empresas eléctricas o los teléfonos. Quizás porque la ciudad está gobernada por un partido croata, el lado occidental es notablemente más rico, tiene shoppings y edificios de varios pisos, las calles están más limpias y hay mayor movimiento comercial, La división étnica complica tanto el día a día que Mostar no ha tenido elecciones locales desde 2008. Los niños ya no comparten aula y hoy vivir del lado equivocado es un error casi tan grande como formar una familia mixta.

Formalmente Bosnia Herzegovina está en paz desde hace casi 22 años, pero la guerra no ha terminado. En Mostar, está a la vuelta de la esquina. Está en todos lados, en cada edificio, en cada casa, en cada orificio que dejaron las balas en las paredes, en cada persona. La guerra está ahí, en las tensiones y en el río que une y divide, que es frontera entre dos culturas del mismo pueblo.

A veces los enfrentamientos se vuelven concretos, tangibles, físicos, sobre todo cuando juegan los dos equipos locales. Otras veces se impone una curiosa tranquilidad, como si el Neretva no fuera más que un río. Entonces los locales cruzan de un lado al otro, hablan, ríen como si nada hubiera cambiado y levantan la vista hacia las montañas, en donde alguna vez alguien decidió responder a esa enorme cruz que marca esta tierra como exclusivamente cristiana. Allí unas piedras blancas dibujan la frase “Bosnia Herzegovina, te amamos“. Y a eso no hay con qué darle.

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